Un breve trayecto en barco desde la orilla occidental del Lago de Varese conduce, en menos de diez minutos, al Isolino Virginia, un pequeño islote de casi una hectárea, situado a escasos metros de la costa.
La primera impresión es la de estar inmerso en una naturaleza rica y variada, entre sauces, robles, alisos negros, acebos y especies más raras como el ciprés calvo de los pantanos. Un rincón verde de gran encanto, habitado por numerosas especies animales.
Conocido desde el siglo XVI con el nombre de San Biagio por la presencia de una iglesia dedicada al santo, la pequeña isla fue comprada en 1882 por el Duque Pompeo Litta, que la dedicó a su esposa Camilla. En 1865 pasó a ser propiedad de Andrea Ponti, quien, junto a su hijo Ettore, financió las primeras investigaciones arqueológicas en el islote y en los demás asentamientos palafíticos del lago de Varese.
El nombre de Virginia se lo dieron los participantes del Congreso de la Sociedad Italiana de Ciencias Naturales celebrado en septiembre de 1878, en agradecimiento a la familia Ponti por su hospitalidad, decidieron renombrar el islote en honor de Virginia, esposa de Andrea.
Las excavaciones, iniciadas en 1863 por el Abad Stoppani y los estudiosos europeos; el suizo Édouard Désor y el francés Gabriel De Mortillet, permitieron descubrir que el islote estuvo habitado sin interrupción desde el Neolítico antiguo hasta finales de la Edad del Bronce (5300-900 a.C.), reconstruyendo así la historia más antigua del poblamiento humano en los lagos de Varese. En algunos periodos de la prehistoria la zona emergida era más grande y muchas áreas hoy sumergidas eran habitables.
En 1962, e islote fue donado por Gianfelice Ponti al Ayuntamiento de Varese, que todavía lo gestiona. Isolino Virginia es considerado uno de los sitios palafíticos más importantes del arco alpino y ha sido incluido entre los bienes Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Merece una visita el Museo Prehistórico, donde se puede observar la reconstrucción del interior de una vivienda neolítica, útil para comprender cómo vivían nuestros antepasados.
Una visita al Isolino Virginia es también una ocasión para dejar atrás la prisa cotidiana y sumergirse en un paisaje que une naturaleza y memoria.