Recuerdo el día que visité el Sacro Monte de Varallo: qué inmensa alegría para los ojos y el espíritu. Pero también he guardado siempre en el corazón mi pequeña Riviera de Orta. Así que en 1588 decidí persuadir a los habitantes de la Riviera para que siguieran mi ambiciosa idea: construir un Monte como el de Varallo para narrar con esculturas y pinturas los maravillosos gestos de la vida de nuestro santísimo Francisco. 

Y también pedí al devoto pueblo de Orta que acogiera a los reverendísimos padres capuchinos en la venerada iglesia de San Nicolao. Y para animar la empresa, doné 50 “ducatoni” de plata, que me dejaron mis parientes fallecidos, para construir la última y más extraordinaria de las capillas del Sacro Monte. Y cada día contribuyo generosamente a la empresa. Quién sabe si algún día darán mi nombre a esta capilla. Por ahora sólo existen los cimientos. Si Dios me da el tiempo suficiente, puede que tenga la suerte de ver el fruto de mi fervor. Si, por el contrario, dejo mi alma a nuestro Redentor antes de que la obra esté terminada, me queda la esperanza de que mis herederos puedan completarla a la perfección. Será la última del Sacro Monte, ¡pero la primera en belleza!

 

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