La monumental puerta de entrada y los muros que encierran el Sacro Monte separan el espacio sagrado del entorno. Hasta los años noventa del siglo XVI era bastante habitual acampar cerca de las capillas, sentarse, tomar un tentempié para recuperarse del cansancio de la romería, o incluso vender objetos y comida a los visitantes.
Sin embargo, hacia fines del siglo XVI, esta práctica comenzó a ser mal vista por la Iglesia. El intransigente obispo de Novara Carlo Bascapè, que a partir de 1593 se convirtió en el administrador principal del Sacro Monte, prohibió a todos los visitantes comer o vender cualquier cosa dentro de las paredes del complejo, bajo la pena de 10 escudos.